Entre las personalidades verdaderamente relevantes del teatro español contemporáneo, pocas son tan admirables como Sergi Belbel. No ya porque sea un formidable dramaturgo y un director de escena capaz de aunar el sentido común y la coherencia con la espectacularidad, sino porque su labor como director artístico del Teatre Nacional de Catalunya, institución que rige desde la temporada 2006-2007, demuestra un profundo y riguroso entendimiento de lo que debe ser un servicio público dirigido al crecimiento cultural y espiritual de la ciudadanía que lo sufraga, y no un triste depositario de los caprichos del ególatra de turno.

 

El proyecto artístico del TNC se resume en cinco puntos: 1) Revisión y actualización del patrimonio teatral catalán y universal. 2) Impulso y apoyo a la dramaturgia contemporánea catalana. 3) Incentivación y promoción de la danza contemporánea. 4) Fomento del teatro familiar y propuestas para todos los públicos. 5) Presencia internacional

 

Estos ejes que vertebran el proyecto de Belbel y, por extensión, del TNC, son un perfecto ejemplo de lógica y denotan un ejercicio de la función pública doblemente orientado a la formación de nuevos espectadores y a la promoción del teatro autóctono, esto último desde tres vías: la recuperación del patrimonio teatral propio, la conexión con las obras que marcan la actualidad internacional y la atención a los creadores catalanes del momento.

 

Entre los elementos que ha utilizado el TNC para impulsar y apoyar la dramaturgia contemporánea destaca el Proyecto T6, desde el que cada temporada se ha ayudado a seis autores para la escritura y escenificación de textos originales. Además, atendiendo a la realidad bilingüe de la sociedad catalana, si bien la mayoría de las obras así promovidas han sido escrit as en catalán, también las ha habido en español.

 

Los conocedores de la realidad del teatro catalán podrán precisar de manera más concreta los logros de Sergi Belbel al frente del TNC, así como sus fallos. Desde la distancia relativa –que no la lejanía-, se diría una labor refulgente a la que seguramente no es ajena la condición de dramaturgo que distingue a Belbel. Si bien él mismo se ha mostrado convencido de que el teatro es el arte del intérprete, no es menos cierto que el gran actor –como el gran director- lo es tanto cuando encarna un personaje de Shakespeare o Calderón, como cuando se ocupa de enriquecer con su trabajo la obra de un joven semidesconocido. Y, si podemos hablar de un teatro adjetivado en términos locales, habría que concluir que la marca característica proviene del origen del autor. Y el teatro es catalán –o manchego o riojano- no porque lo sean sus actores ni su director, ni siquiera su productor, sino cuando lo es su autor. De ahí la importancia de la labor del TNC para la configuración, desarrollo y popularización de un teatro catalán actual representativo y de calidad.

 

Estos años han sido también los del nombramiento del mejor ministro de cultura de los últimos gobiernos, pero también de su defenestración. La pérdida de César Antonio Molina para la política activa ha supuesto la caída en desgracia de un Código de Buenas Prácticas llamado a regular cierta subjetividad, por no decir arbitrariedad, propia de las instituciones dependientes del Ministerio de Cultura. Un Código –y un ministro- que, de perseverar, habría necesariamente desembocado en un cuestionamiento del teatro público. En una entrevista concedida a Liz Perales y publicada el 5 de febrero de 2010 en El Cultural de El Mundo, el actual director del Centro Dramático Nacional reconocía la pertinencia de este replanteamiento: «Creo que cuando me vaya, en 2012, debe haber un debate sobre el teatro público, sobre los nuevos espectadores, sobre qué entendemos por teatro. Está claro que hay que reformarlo para perfeccionarlo. Seguimos con una estructura antigua».

 

En efecto, tal como dice Gerardo Vera, la estructura del teatro público es más que mejorable, siempre que empecemos por definir qué es el teatro público y para qué sirve, y hasta lo que no puede ser: ni la competencia de la empresa privada, ni el escaparate de las filias y fobias personales, ni la excusa para la satisfacción de las ambiciones artísticas mal desarrolladas.

 

Un teatro público no tiene por qué echar mano de actores célebres para colocarlos en espectáculos que podrían acometerse desde el ámbito privado. Tampoco puede centrarse en el abusivo apoyo a un reducido número de autores y directores que, cual un clan cerrado, se repitan año tras año. De igual modo no debe olvidar cuál es su espacio de actuación funcionando como municipal cuando es nacional y viceversa.

 

A ello habría que sumar la reflexión sobre las redes de distribución, las dificultades para la exhibición de espectáculos entre autonomías, la consecuencias de la contratación a taquilla frente al caché –aumento del precio de las entradas y del beneficio relativo de los autores, pero disminución del número de producciones y giras-, la subida del IVA, etcétera, que tanto afectan al teatro privado, pero esa es otra cuestión. Cuando hablamos de función pública lo que no podemos es admitir de buen grado que el director de un Centro Dramático Nacional se permita lo que Gerardo Vera confesaba a Liz Perales en la citada entrevista: «Lo que tengo son enemigos, y eso lo he asumido desde que soy director del CDN. Es inherente al cargo. Si monto a cuatro autores y hay 600, siempre voy a tenerlos en contra».

 

No, no es inherente al cargo cuando uno entiende que el concepto público y el adjetivo Nacional exigen una atención al teatro español –es decir, a la autoría- intergeneracional más allá de las anteojeras de una obstinación caprichosa y reiterativa, porque no se trata de montar a 600 autores sino de una cuestión de actitud y del deseo de conocer y diversificar sin ofender (el 12 de diciembre de 2009, Miguel Ayanz publicaba en La Razón las declaraciones al respecto de doce autores premiadísimos. Léanse). Una pena cuando el modelo a seguir está tan cerca, tan lejos.

 

Por favor, un Belbel para el CDN ya.