Aquí dos serán los personajes: Lear y su hija Cordelia. Ambos, de la "misma edad", según nos indica Víllora... El rey loco no ha muerto. Cordelia, tampoco. Cordelia es reina de Francia. Lear, tras pasar nueve años con Gonerila y Regania, acude a la corte de su hija pequeña. ¿Es la primera vez que el rey se acoge al cobijo de su hija pequeña? No le importa este dato al autor. Lo que le importa a Víllora es la erosión del tiempo en los magníficos personajes shakespearianos. Aquí no es la casona familiar la que se desploma, son Lear y Cordelia los que se desintegran. Pero con una peculiaridad: mueren en escena y, al cabo, vuelven a la misma escena (...)
La escritura ha servido como texto sacralizado para el ritual teatral. Víllora, que en Amado mío distorsiona un drama familiar decimonónico para esencializarlo y pasarlo entre las penumbras del cabaret y los claroscuros de Nieva, en su "poema dramático" Las cosas persas -en el que, en otro rasgo de posmodernidad, no duda en reproducir artículos completos, versificados, del diccionario de la RAE-, en un hábil trabajo de prestidigitación dramática, nos muestra dentro de las carcasas de nuestro teatro occidental una mirada al oriente que fascinó a los griegos -¡esos más admirados que temidos persas!-, creando una formalización del personaje doblemente activo, esquizofrénicamente activo. Todo un artefacto actoral y escénico. Una premonición.
Ignacio AMESTOY