Supone encontrarnos, por una parte, con textos especialmente ponderados y rigurosos; por otra, con la evidencia de estar ante el carácter alternativo que siempre ha supuesto el teatro de los poetas frente a la convención escénica. Precisamente el teatro de los poetas ha sido el gran innovador del arte dramático desde la actividad simbolista del último tercio del siglo XIX...
En sus primeras obras dramáticas es fácil advertir un enorme cuidado en el manejo de la palabra, no sólo en el uso escénico, sino en el literario. Una palabra que aparece siempre acompasada y rítmica (Amado mío o La emoción artificial), en forma de verso libre (Las cosas persas y El eclipse de un dios), o como reducto implacable de las relaciones humanas (Bésame macho). Una palabra siempre cargada de elementos referenciales, desde el universo dramático de Shakespeare a la poética de la Biblia, pasando por los cerrados mundos de Beckett o Genet, del que tantos débitos tiene, pero al que abandona a la hora de la verdad, es decir, a la hora de configurar su propio espacio dramático. Víllora, en su obra teatral, prescinde de todo menos de la palabra: prescinde del lugar, del tiempo y prácticamente de la acción. ¿Qué queda, pues? Su teatro. Un teatro en construcción, pero que apuesta desde el principio por una línea de deconstrucción, de rotunda provocación, de agresividad ambiental, de rica ambigüedad erótica, de sólida claridad emocional.
La misma historia dispone de una inquietante forma escénica cuya complejidad merece más de una consideración. Dicha forma encierra un profundo significado, a pesar de que el autor insista en decir que "no es más que una historia...". Precisamente por eso. Por no ser más que "una historia..." la obra dispone de una enorme y aparente sencillez: la sencillez de los mejores dramas. Bien podríamos decir a priori, que se trata de un acercamiento a la condición humana más natural o, dicho de otro modo, a la propia naturaleza del hombre aunque, por aquella misma sencillez, encierre los más oscuros significados...
Saludables obras como estas, y autores como Víllora, empiezan a apostar por una teatralidad distinta, y no lo decimos así porque dudemos de ella, sino porque maneja con todo desparpajo las fronteras de lo que, hasta hace poco, venía llamándose teatro... El autor del siglo XXI tendrá por objetivo principal bucear en formas de expresión distintas, que, sin terminar de herir de muerte a la propia esencia del teatro, encuentre vías de comunicación adecuadas al momento... La misma historia, con su impecable orden dramatúrgico, sus personajes que no lo son, sus espacios escuetos, su promiscuidad narrativa, el extraordinario valor de sus palabras, qué duda cabe que será una señal del nuevo e inicial teatro español del siglo XXI.
César OLIVA