Terenci Moix

"Dos novelas olvidadas: Besaré tu cadáver y Han matado a una rubia".

Texto de Pedro Víllora para el dossier de prensa de Besaré tu cadáver, de Terenci Moix.

Editorial Planeta, 2010.

Cuando Terenci Moix murió, los medios de comunicación incluyeron en la bibliografía del autor dos novelas que, sin embargo muy pocos conocían: Besaré tu cadáver y El desorden. Esta última es un texto nunca publicado que fue semifinalista del Premio Nadal de 1965 y que Terenci reescribió hasta convertirlo en El día que murió Marilyn. Habiendo sido tan numerosas las ocasiones en las que habló de las circunstancias en que esta última novela fue escrita, así como de los borradores previos, es comprensible que se difundiese el error de considerar El desorden como algo parecido a una obra inédita.

 

El caso de Besaré tu cadáver es diferente porque sí es un texto editado desde 1963 –está publicitado en La Vanguardia del 5 de febrero de 1963: «Colección “Fleuve noir”. Los autores más leídos de la “nouvelle vague” del género policiaco»-, si bien bajo el pseudónimo de Ray Sorel, y tan oculto que es muy posible que sólo el círculo más próximo al escritor recordase su existencia antes de que en 1998 le dedicase al mismo varias páginas del tercer volumen de sus memorias, Extraño en el paraíso[1]. Nada decía ahí, ni casi en ninguna otra parte, acerca de otra novela de 1964 también firmada como Ray Sorel: Han matado a una rubia.

 

Rastrear las informaciones del propio Terenci sobre estas dos novelas de juventud nos lleva a una entrevista del 1969 en Tele/eXpres donde aseguraba haber utilizado el pseudónimo Ray Sorel para dos obras de las que no decía el título. En otra entrevista posterior a Serra d’Or reconocía haber trabajado en la Editorial Mateu durante los años 1959 y 1960 en varios menesteres –compaginador, rotulador, guionista de fotonovelas...-, lo que le habría permitido publicar en una supuesta “Serie Negra” dos libros con pseudónimo.

 

El periodo en que Terenci trabaja en la Mateu está narrado en el segundo volumen de las memorias: El beso de Peter Pan. Entrar en esta editorial a eso de los diecisiete años supone un acicate para un jovencito abocado a la literatura. Hace rótulos, maquetaciones, escribe bocadillos para revistas ilustradas, incluso llega a tener una pequeña sección en Picnic y firma algún artículo como Ramón Dean, asociando a su nombre -¿hay que recordar que Terenci se llamaba Ramón Moix Messeguer?- un apellido propio de la rebeldía generacional de la época.

 

El editor Mateu se interesa por el talento efervescente del inquieto muchacho, pero no lo sobreprotege: lee y critica sus primeras traducciones de Leopardi y Byron y aprovecha su inclinación por el idioma francés para enviarlo a París con el encargo de negociar –infructuosamente- los derechos de las novelas negras del comisario San Antonio, publicadas en la misma colección Angustia donde después editará Ray Sorel. Sin embargo, nada dice en El beso de Peter Pan acerca de estas dos novelas. Es más, trescientas páginas antes de comentar en Extraño en el paraíso la existencia de Besaré tu cadáver, se encuentra cierta justificación de la misma en lo que podría considerarse una verdad a medias: se supone que en 1964, «con el propósito de librarme cuanto antes del yugo familiar y escapar de nuevo a París, había empezado a escribir un par de novelitas rosa que me ocupaban gran parte de la noche. Pensaba utilizar un seudónimo cuanto más cursi mejor, y mandarlas a Editorial Bruguera, gran especialista en este tipo de publicaciones»[2].

 

¿Por qué no suponer que estas “novelitas rosa” son las novelas negras del año anterior y que cita Bruguera para desviar la atención sobre Mateu? Terenci añade: «Después de todo, cuando en el futuro consiguiese ser tan bueno como Camus y tan respetado como Sartre, nadie recordaría que había cometido el desliz de publicar en las colecciones “Pimpinela” y “Madreperla”. No aspiraba a ser Corín Tellado, pero quería largarme de casa a cualquier precio». Sin embargo, recibe una lección fundamental para decidirse a adentrarse en empeños de mayor enjundia: «El que pagué por la prostitución de mi posible talento fue demasiado alto porque me encontré de nuevo ante el horror del rechazo. Pese a que rebajé el listón de la exigencia hasta ras del suelo, la editorial consideró que mis dos novelitas eran “demasiado complejas” para su público (...) Para aquellos librillos había tomado el esquema de Creemos en el amor, Cómo casarse con un millonario y comedias similares, pero la editorial los encontraba tan difíciles como un buen totxo de Thomas Mann. Lo malo resultaba tan difícil de colocar como lo bueno; así pues, la consecuencia lógica era que es preferible perder con una carta de prestigio en la mano que con una porquería en el cesto de los papeles»[3].

 

Las declaraciones de Terenci en los primeros años 70, justo tras el éxito consecutivo de La torre de los vicios capitales, Olas sobre una roca desierta, El día que murió Marilyn y Terenci del Nilo, muestran a un autor preocupado por estudiar los géneros para subvertirlos y mezclar esquemas de alta cultura con aspectos de cultura popular. La integración de elementos y estilos heterogéneos caracteriza sus anhelos expresivos en estos momentos, lo cual es incompatible con la sumisión a unas normas de géneros tan estrictas como las que podía pretender Bruguera respecto de sus historias rosas o, más bien, Mateu con sus novelas negras. Así, tengo la impresión de que Terenci camufla la realidad al principio de Extraño en el paraíso por una suerte de pudor literario –similar a lo que hace cuando usa nombres postizos para referirse a alguna de sus parejas sentimentales-, pero decide afrontarla en las páginas finales porque es precisamente ahí cuando habla a las claras de su posición ante la literatura. Y aun entonces se guarda en la manga la carta de Hay que matar a una rubia porque esta es la más ortodoxa de las dos o, acaso, aquella que posee menos claves de lo que será su evolución como escritor.

 

Según dice en Extraño en el paraíso, sus “sentimientos más retorcidos” aparecieron en Besaré tu cadáver: «el primero que publiqué y el que mantuve oculto durante mucho tiempo. El que he venido ocultando al lector, como si fuese el único pecado de juventud del que pudiera arrepentirme, no sé si con razón». También reconoce que es un texto repleto de elementos autobiográficos e imbuido de la idea del mal gratuito descrito por André Gide en Los sótanos del Vaticano. Entre los modelos que le guían están Raymond Chandler, Ellery Queen y Dashiell Hammett, quienes, para alguien que hasta entonces sólo se había aproximado a Agatha Christie –su “abuelita predilecta”- «significaron la revelación de un universo completamente nuevo que me fascinó sin dificultad y con motivo. Al fin y al cabo, era una literatura del desencanto, y éste suele abrirse un buen camino en las almas aquejadas de romanticismo». Ahora bien, Terenci dice alejarse finalmente tanto de estos autores como de las aventuras del comisario San Antonio que el señor Mateu le propone emular: «Si bien es cierto que tomé de la novela negra americana la idea de itinerario por la putrefacción de distintas capas sociales a partir de un fait divers, no lo es menos que esta idea también provenía del filme de Fellini La dolce vita, o, mejor dicho, de lo que había leído sobre él, ya que era, y siguió siéndolo durante muchos años, la bestia negra de la censura franquista. Completé el aporte de influencias de segunda mano situando la novela en Roma, ciudad que sólo conocía a través de las películas».

 

El propio sobrenombre adoptado es pertinente para entender sus intenciones. Si Ray es un trasunto obvio de Ramón, Sorel es un homenaje al Julien Sorel de Rojo y negro: «Un pícaro desgraciado cuya cabeza acabó en el regazo de la magnífica Matilde de la Mole, aristócrata rebelde, caprichosa, despótica y, sin embargo, sentimental». Gide, Stendhal, Fellini y Dostoievski para un crimen sin castigo de resonancias bíblicas o, al menos, de Oscar Wilde, pues «besaré tu cadáver» viene a ser lo que Salomé dice a un San Juan Bautista decapitado que no quiso besarla (tiene su encanto que una década después Terenci tradujese la Salomé de Wilde).

 

En los años setenta se hablaba de los héroes moixianos, los típicos jovencitos que rechazaban su entorno social, el sistema de normas y creencias, y lo expresaban mediante el refugio en la cultura, la expresión de una heterodoxia sexual y la búsqueda de conocimiento por medio de un viaje. Semejante inquietud, que caracterizaba a los personajes de estas primeras novelas –y no sólo de las primeras- ya está presente en Besaré tu cadáver. Jean Paul Boyer y Horst Della Scala son los protagonistas de un viaje nocturno alrededor de la esposa del segundo, asesinada y decapitada, de cuyo crimen se acusa al bello y atlético Horst. Su primo Jean Paul, vástago de una riquísima familia agotada por el exceso –con una madre que confunde el dolor con la representación-, más refinado y también mas débil, es el compañero y guía en una incursión por mundos de lujuria y sofisticación, de exquisitez y depravación, de horror y miseria que, si por un lado van componiendo una imagen insospechada de la fallecida, por otro tejen la idea de una sociedad sin vigor, aspiraciones ni grandeza.

 

En cuanto a Han matado a una rubia, de la que Terenci nunca dijo nada, está escrita tras su primer viaje a París y cabe suponer que el recorrido nocturno por la ciudad no sea tan imaginario como el de la novela anterior. Esta vez el protagonista, Charles Durand, tiene una profesión artística –es pintor- y sienta plaza de bohemio, pero debe dejar de lado todas sus inclinaciones hacia el terreno de la intuición y la espontaneidad para revestirse de lógica e intentar con ella resolver el enigma de la muerte de su prima, entre otras cosas porque el principal sospechoso es él mismo. Prácticamente toda la novela sigue el punto de vista de Charles, gracias a una narración en primera persona. Si observando al personaje asistimos a un ejercicio de autocontrol dificultado por sus fuertes relaciones con las mujeres, el escritor hace un esfuerzo al despojar su expresión de barroquismos y ornamentaciones. Es un estilo que busca y consigue la eficacia y la contundencia comunicativa; golpea al lector con una frialdad sin concesiones, con una aspereza y un rigor tan fascinantes como inusuales en periodo juvenil del autor.

 

Publicadas respectivamente en 1963 y 1964 dentro de la Colección Angustia de Editorial Mateu, Besaré tu cadáver y Han matado a una rubia son novelas ocultas pero no malditas. En Extraño en el paraíso Terenci dice molestarse por que algunos amigos descubriesen la primera «en las librerías de lance». Cuando en 1993 le llevé un ejemplar, me lo dedicó así: «Sois beau et tete-toi!». Sin embargo, me pregunto si el mal gratuito no sería seguir callando y evitar que los lectores descubran cómo, a los veinte años, Terenci Moix ya era un escritor magnífico.



[1] Cf.: “Extraño en el paraíso”, Planeta, Barcelona, 1998, páginas 537-545

[2] Id., 232.

[3] Id.