El juglar del Cid

El juglar del Cid.

Prólogo de Fernando García de Cortázar.

Ediciones Irreverentes, Madrid, 2009.

 

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Pedro Manuel Víllora ha imaginado un cantor que acompaña al Cid en sus andanzas y anota las aventuras del guerrero castellano; un juglar medio hebreo, medio árabe, medio cristiano y medio actor que sabe todas las palabras y todos los relatos del mundo; un ser mítico que canta todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será, y que, al seguir a Rodrigo Díaz de Vivar y popularizar sus hazañas, hace que aquello que fue una vez vuelva a ser, infinitamente. Si cerramos los ojos, podemos verlo siguiendo a los guerreros en sus briosos caballos, corriendo por los campos, teniendo fieros encuentros.. Y aunque no todo es verdad en lo que relata este juglar, en su canto queda el pulso guerrero del Cid, el paso sonoro de los días que motivaron el poema, su figura ejemplar, sus palabras como valiosas monedas, y esa decisión de vencer que conduce, sereno, al guerrero contra los enemigos... allí donde habitan los héroes de leyenda.

 

Gracias a El juglar del Cid sabemos mucho más de nuestro primer héroe literario-histórico nacional y, en consecuencia, de una España que alborea con el paso solemne de Castilla. La historia ha venido a traer naciones y ¿qué quiere sino que convivan en mansedumbre? Ella nos ayudará a afrontar la realidad de España. Ahora se ha acercado a ella con brillantez y originalidad Pedro Manuel Víllora y por eso lo celebro.

Fernando GARCÍA DE CORTÁZAR

Encuadrado en ese compartimento que acaba por ser para muchos autores la celda donde se cumple una condena de larga duración, el de «autor joven», Pedro Víllora (1968) exhibe, sin embargo, una trayectoria que empieza a ser considerable, a lo largo de la cual ha ejercido como dramaturgo, director, periodista, crítico, biógrafo, ensayista y seguramente alguna cosa más. Como autor teatral su obra, que incluye tanto textos originales como versiones y adaptaciones, ha recorrido diversos registros y explorado diferentes formas expresivas, mostrando siempre un gran amor por la palabra, preocupación por las relaciones humanas y un conocimiento nada superficial de la tradición clásica, así como de la obra de sus autores contemporáneos, tanto los que pertenecen a generaciones anteriores a la suya como de sus más estrictos coetáneos. Algo que, desde luego, no todos pueden decir. Inquieto, independiente, irónico y sin pelos en la lengua, Víllora es una figura que para algunos resulta incómoda, pero que, aunque a alguno le pese, empieza a resultar ineludible a la hora de trazar un panorama del teatro español contemporáneo.

La obra que nos ocupa, El juglar del Cid, está concebida como soporte para un espectáculo unipersonal, un largo monólogo salpicado de canciones y rupturas estilísticas, solo parcialmente similar a otros espectáculos de este tipo que últimamente proliferan en los escenarios: espectáculos que en principio se basan en, y se la juegan con, la personalidad o el carisma de su intérprete (en este caso, el actor-cantante Juanma Cifuentes, excelente cómplice de nuestro autor en esta y otras aventuras escénicas) pero que no suelen contar con un soporte literario de la enjundia y elaboración que el texto de Víllora proporciona.

Partiendo de un considerable conocimiento de la historia y el corpus literario medievales, y utilizando un lenguaje a la vez fresco y dotado del colorido y el sabor propio de la época que quiere evocar, en el que se entreveran con destreza conceptos y términos propios de nuestro tiempo, el texto, a caballo entre lo narrativo y lo propiamente dramático, propone de un mecanismo tan válido como cualquier otro, en virtud del cual un juglar, autor del fundacional Cantar de mio Cid, nos cuenta a su manera las aventuras del Cid, en una versión desenfadada y próxima, que en ocasiones contrasta con —e incluso desmiente— lo que él mismo nos contó en su poema.

El supuesto juglar, «medio hebreo, medio árabe, medio cristiano y medio actor», que dice ser el propio Cide Hamete Benengeli, y que además se revela —procedimiento quizá innecesario— como una especie de vate intemporal que, además del Quijote, se atribuye la autoría del Cantar de Roldán, y hasta la Odisea y el Gilgamesh, no tiene inconveniente en hacer digresiones de todo tipo, ofreciendo sus reflexiones, que cabe pensar son en buena medida las del autor, acerca de los diferentes temas que salen al paso; y son muchos, desde luego: la guerra, el racismo, la estupidez y la ambición humanas en todas sus manifestaciones, la mujer… y la patria, la nación.

Y es aquí donde el autor se la juega con todas sus consecuencias, y no creo que a Pedro le importe si me detengo para, como su personaje, hacer alguna reflexión, espero que no del todo extemporánea. Perteneciente a una generación postransición, nuestro joven dramaturgo está libre de algunas hipotecas y servidumbres de las generaciones anteriores, que en ocasiones ven su discurso, o la libre expresión del mismo, amordazado o al menos condicionado por prejuicios y condicionamientos derivados de posicionamientos inamovibles, y a menudo acríticos, en determinados nichos ideológicos. Nada hay peor para muchos de nosotros que ser tomados por lo que no somos por el hecho de que alguna de nuestras opiniones coincida parcialmente con algún principio incluido en el pack ideológico del contrario.

La falta de prejuicios en este sentido que demuestran algunos, y no solo jóvenes, les vale por lo general ser calificados como pertenecientes o, peor aún, entregados al bando opuesto, en un ejercicio de tosquedad analítica que lastra gravemente nuestra vida civil.

En el texto que nos ocupa —y es inevitable incidir en esto, porque, a pesar de ser uno de tantos asuntos que trata, constituye en la práctica su rasgo más acusado y para muchos polémico, hasta el punto de que el espectáculo ha tenido problemas para ser programado en algunos lugares—, Víllora se muestra partidario de considerar a España como única nación, común de todos los españoles, heredera de una tradición mestiza, rica, compleja, conflictiva; una nación cuya historia es, según dice el personaje, «como la morcilla: está hecha de sangre y se repite». Una nación poseedora de un presente poliédrico y un futuro que desea común a todos los habitantes de lo que aún se llama España. Canta el juglar: «No está de moda / tierra de España / contar tu historia / creer en tu unión. / No es mi problema, / es lo que siento: / no me avergüenzo / de ser español».

No debe inferirse de esto que el El juglar del Cid sea una soflama de nacionalismo español. Hay mucho más en este texto, irregular y quizá excesivo: como decíamos antes, hay, aparte de buena literatura y poesía escénica, ironía, reflexión, humor y melancolía, y sobre todo una excelente partitura para un cómico solista. En su última escena, y ya desligado del relato de las aventuras del Cid, el personaje, fundido ya definitivamente con su intérprete, hace una vigorosa defensa del oficio del cómico, del hombre de teatro, como testigo, como espectador incómodo, como fustigador inmisericorde de la falsedad y la hipocresía: «Porque en la vida hay tanto fingimiento, en la escena sólo aceptamos vivir con la verdad, hacer de la verdad un juego que merece ser jugado, llegar con la verdad hasta las últimas consecuencias. Cuando la vida se transforma en ficción, entiendes que el actor es el más vivo de todos, el único que nunca se engaña, el que finge actuar para demostrar mejor la distancia entre la falsedad de vivir fingiendo y la verdad de poder llamar a las cosas por su nombre».

La edición que comentamos incluye una introducción del historiador Fernando García de Cortázar, que concluye diciendo: «Buen nombre tienes, Pedro Manuel, pero acaso gracias a tu juglar del Cid mucho mejor lo tengas en adelante».

IGNACIO DEL MORAL
Publicado en "Las puertas del drama 37", revista de la Asociación de Autores de Teatro