La misma historia

La misma historia.

Dirección: Juanjo Granda.

Intérpretes: Amparo Pamplona, Alberto de Miguel, Sara Illán, Vicente Camacho.

Estrenada en el Teatro Pavón de Madrid el 17 de abri de 2002.

Producción del Centro Dramático Nacional y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha

La misma historia.

Dirección: Verónica Sacco.

Lugar: Sala Artépolis, Madrid, 2006.

LECTURA de La misma historia.

(II ciclo de lecturas dramatizadas "Detrás de las sombras", organizado por la Asociación de Directores de Escena en colaboración con la Real Escuela Superior de Arte Dramático).

Dirección: Carlos Marchena.

Intérpretes: Charo Soriano, Pepe Martín, Eloy Azorín, Yaël Barnatán.

Músicos: Irene Arguello, Iñigo Aranzasti, Bibiana Arranz, Manuel Fuertes.

Lugar: Sala García Lorca, Madrid, 1 de abril de 1998.

 

El estreno de La misma historia recibió, entre otros, los siguientes comentarios en prensa:

 

En ese gran caldero en ebullición que viene a ser la familia, y donde borbotean las individualidades que la componen, se cuecen anhelos y miedos, las pulsiones instintivas y las necesidades afectivas, las tensiones que pueden servir de impulsos potenciadores y los amores cuyo carácter asfixiante hace que se conviertan en lastre. Ese núcleo esencial y necesario, donde se erizan las coartadas del cariño y pesa el tantas veces áspero dogal de la convivencia cotidiana, acoge en su corazón fuerzas que se interrelacionan y chocan; de él se alimentan muchas de las mejores páginas de la literatura dramática porque de él se nutre también la entraña misma del ser humano.

En su primera aventura teatral como autor, Pedro Manuel Víllora visita a la familia para narrar la eterna historia de un proceso de consolidación individual, el itinerario doloroso y difícil en el que un hijo materializa su deseo de independencia personal: un personaje que quiere ser otro, es decir ser él mismo, para lo que tendrá que pasar por un inevitable rito de crecimiento en el que habrá de desprenderse de parte de su antiguo yo.

A través de cuatro personajes básicos (un padre, una madre, el hijo y una hermana), Víllora ha elaborado un sugestivo tapiz de voces múltiples que narran historias de padres e hijos, algunas con final trágico, que cumplen una función simbólica precisamente del dolor que conlleva esa suerte de nuevo nacimiento. Un complejo y fascinante entramado que, además de un gran dominio de la carpintería teatral, denota el profundo conocimiento del componente mítico latente bajo la superficie de los comportamientos cotidianos.

Esta ceremonia caníbal, en la que se agitan las llamas del incesto y se perfila la iluminadora historia del alumno que traiciona al maestro/padre antes de que se abata sobre él la furia del Saturno devorador, es servida con brillantez por Juanjo Granda, que hilvana las diferentes historias con la música turbadora, envolvente y apasionada de un tango que acerca/aparta a los personajes. Un muy interesante trabajo de dirección que quizá desvía hacia lo terrible el sentido positivo sobre las relaciones familiares que, a la postre, tiene el texto de Víllora. La escenografía de Trotti es espectacular, y las buenas interpretaciones de los cuatro actores, que se desdoblan en distintas almas embarcadas en la misma historia, respiran la armonía y las cadencias embriagadoras del tango, ese último tango en familia.

Juan Ignacio García Garzón, ABC

 

 

Amor con dolor y con heridas y muerte: ésta creo que es “la misma historia” de siempre. Una historia de todos los tangos –y por eso suenan y se bailan continuamente en el escenario-, en la que hay homosexualidad y heterosexualidad, incesto, celos, palabras, lirismo y sentimiento (…)

Es una sucesión de historias de parejas sexuales: la que más me interesa es la primera en la que Vicente Camacho y Sara Illán viven amor y desamor, mientras Alberto de Miguel comenta la situación, la revela de una manera excelente; entiendo de ella la enumeración de tangos y de su sonido me da una clave de comentarista, y la forma en que se desarrolla la acción en un decorado bonito y neutro, con unas escaleras que algún momento impensado se iluminan, como pasaba en los tiempos en que este teatro se dedicaba a la revista. Las otras escenas se repiten entre distintos personajes, y termina siendo Amparo Pamplona la que, con el mismo acierto, comenta la acción principal. A mí esto me gusta, este ciclo que no se cierra nunca; las paradojas de la escenografía, la exactitud entre las palabras y los gestos por la dirección de Juanjo Granda, la tristeza del amor, la repetición.

Eduardo Haro Tecglen, El país

 

 

La misma historia es un texto legítimamente reivindicativo y militante. Y de un moralismo explícito, entendiendo por moralismo la contramoral del derecho a una sexualidad distinta a la admitida. Plantea el desgarramiento de un incesto a cuatro bandas, cierta recreación de Tamar y Amnon en clave menos salvaje, turbulencias edípicas e incapacidad lenitiva del tiempo y sentimiento de culpa ante las pulsiones del sexo herido. Ni esta sensación de culpabilidad ni el consiguiente ritual expiatorio conducen a la liberación (…) Hay que hablar de futuro y de que, afortunadamente, para Víllora no será éste el mayor éxito de su carrera. El orden estético que Granda impone supera la narratividad, en cierto modo brechtiana, aunque el uso del vídeo como prolongación de una situación escénica y la limpia y fría escenografía se convierta en abuso. Ese afán de belleza da cierta hilazón a la constante quiebra de un conflicto que, desde el principio amenaza con narrarse en vez de mostrarse. De la interpretación, para mi gusto, valen en especial la seguridad de Amparo Pamplona y el morbo turbador de Sara Illán; aunque esto del morbo siempre es subjetivo.

Javier Villán, El mundo

 

 

Al parecer, esta obra la escribió su autor cuando tenía tan solo 21 años. Y, como suele ocurrir, está plagada de mimetismos, de influencias, de imitaciones. Lo cual no se indica con ánimo peyorativo, ni mucho menos. Que anden por ahí Edipo, Fedra o Yerma no es signo sino de haber deglutido nuestra propia cultura. Sucede también en la forma de La misma historia, que bebe, aunque inocentemente, del teatro de Unamuno, de Artaud, de Brecht, aunque Víllora no sea necesariamente consciente de ello.

El incesto, el estupro, el odio y el amor en relaciones cruzadas en el seno de una familia. Joder, qué potencia de argumento, qué valor para un muchacho.

Enrique Centeno, Lateatral.com

 

 

La misma historia es una obra de juventud que refleja el enfrentamiento generacional entre padres e hijos y la dificultad de los jóvenes de encontrar su propio hueco en la sociedad, más allá del hogar paterno. Lo hace a través de una sucesión de historias diferentes sobre situaciones límite, que tratan obsesiones e incluso tabúes y cuyo trasfondo es un grito de rebeldía de adolescente. La desesperanza y el desasosiego armonizan con una puesta en escena que se permite romper con los patrones al uso del teatro. Y es que, ante todo, “La misma historia” supone una ruptura con lo que el espectador está acostumbrado a ver.

Marina Valverde, El duende de Madrid

 

 

La historia nos habla de sexo y de deseos ocultos, de normas y de instintos que excitan conductas al margen de esas normas. Una pieza que trata del viaje vital y afectivo del individuo, de sus obstáculos y dudas, de su criterio personal frente a los usos sociales, de sus intimidades y quizás de sus miedos, que no siempre puede compartir. Y de la familia, entrañable y castradora, amistosa y asfixiante.

En efecto, se trata de la misma historia tantas veces contada con escasas variantes en el teatro de todos los tiempos, porque siempre ha atraído a los dramaturgos y a los espectadores. La que ahora se cuenta no carece de interés. Ha procurado una cierta renovación formal en la ambigüedad del relato y en la concisión con la que se abordan algunos diálogos y situaciones (…). La opción de las variaciones sobre el mismo tema que aquí se ha tomado parece en principio sugestiva y reveladora, si uno lee el texto.

Javier Zabala, Reseña

 

 

La infinita capacidad del ser humano para perder el rumbo se manifiesta en la vida de cada individuo y en la historia de cada familia, pero siempre de modo diferente. Es “la misma historia” que, ajena al supuesto progreso de aquello que llamamos civilización, nos deja indefensos y estupefactos ante nosotros mismos. Sin embargo, sin ese derecho a perder el norte, la libertad no existe. Esta libertad, planteada como la afirmación del individuo frente a la familia, es el mecanismo que da vida a la obra escrita por Pedro Manuel Víllora. Más que de personajes, La misma historia se sirve de moldes en los que todos podemos reconocernos. El padre, la madre, la hija y el hijo podrían pertenecer a cualquier cultura o época sin que variase la naturaleza e intensidad de sus desencuentros (…).

Víllora reflexiona sobre el precio de esa libertad ligada al dolor confrontando los puntos de vista e inquietudes de los cuatro personajes, que se explican a sí mismos a través de lo que los otros les han proporcionado y negado. Se ofrece de este modo un puzzle de interrogantes universales al espectador, en quien finalmente queda la posibilidad de encontrar respuestas forzosamente individuales.

El acercamiento de Juanjo Granda al drama subraya la amargura serena del texto, sobre todo por su acertada dirección de Alberto de Miguel, en los papeles de Padre y Maestro, y Amparo Pamplona, en el de Madre (…). La puesta en escena simboliza fragmentaciones y espacios equívocos sin renunciar a las posibilidades de la tecnología. En este montaje, las videocámaras y una gran pantalla oscurecida aportan un matiz desasosegante que apoya a la acción sin eclipsarla. Por otra parte, los actores ejecutan también diversos pasos de baile al son de tangos compuestos por Miguel Tubía. Estas danzas que abren, cierran o se insertan en los diálogos, acentúan el carácter trágico de la representación de una forma que recuerda, salvando las distancias, a la función del coro en el teatro clásico.

La misma historia es, en suma, una obra compleja que sin duda tiene la virtud de exponer enigmas cotidianos fácilmente reconocibles para cualquier espectador. Autor y director han conseguido evitar la autocomplacencia sin dejar de aspirar a la elegancia, que en algunos momentos de la representación se logra plenamente.

Luis Castrillo, WebMadrid.com

 

 

Víllora, en este arriesgado drama, no parece movido por tentaciones fáciles –epatar, escandalizar o así-, sino por una especie de insobornable sinceridad estética, por encima o más allá de los límites convenidos de la vida en sociedad, de los seres humanos como sean o la fatalidad o el destino les obligara a ser. Teatraliza con dones literarios. Sus hallazgos escénicos y sus planteamientos de las cosas como son, cuando están ahí, no parecen movidos por enfermiza originalidad, sino por la originalidad de no pretender serlo; por encima de la originalidad o la epatancia, la sinceridad y la voluntad escénica, ya se dijo.

Florentino L. Negrín, La clave

 

 

 

Pedro Manuel Víllora podrá llegar a ser un gran autor teatral.

Alberto de la Hera, Guía del ocio